El iPod marca el ritmo de la guerra

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marzo 17, 2010 por Damián Taubaso

Música hubo en todas las guerras, eso no es nuevo. Lo novedoso, por así decirlo, es que esta es la primera generación de soldados que marcha al frente con reproductores de música ultraportátiles. Con sus propios playlists.

De eso se trata el trabajo de Jonathan Pieslak, un compositor y profesor de música del City College de Nueva York, quien escribió el libro Sound Targets: American Soldiers and Music in the Iraq War (Objetivos sonoros: soldados norteamericanos y música en la Guerra de Irak), en el que examina el rol de la música a la hora de alistarse, en combate o en los interrogatorios.

Para el autor, el heavy metal, entre guitarras y baterías es una buena base para prepararse para una misión militar, puesto que –escribe Pieslak- “tiene un sonido similar al de una descarga de proyectiles disparados por un arma automática”.

El testimonio del soldado Colby Buzzell luego de un año en Irak es exhaustivo. “Escuchaba los Slayer para calmarme en las peores situaciones. A veces, estás muy abajo, a veces no querés ser un soldado. Hay veces que te gustaría estar en otra parte, hay veces que estás sin fuerzas y necesitás alguna motivación. Pero después te pasa de escuchar la banda sonora de El bueno, el feo, y el malo y entonces decís ‘ma sí, vamos a la misión'” .

Lil Jon, otro soldado entrevistado por Pieslak confiesa que escuchaba junto a sus compañeros el tema I Don’t Give a Fuck de 2Pac para darse fuerzas y salir del campamento base y empezar a disparar.

Pieslak continuó recogiendo datos y descubrió que también Metallica sonaba, pero cuando se trataba de dirigirse a Falluja, el elegido era Go to Sleep de Eminem: ‘Die, motherfucker, die! / Unh, time’s up, bitch, close ya eyes'”. El jazz es para pocos y para escasos momentos de reposo. El Rhythm & Bass está prohibido y la música country es marginal. En las trincheras sólo entra el rock. El de los Dropkick Murphys o el de Drowning Pool, bandas alternativas de metal que llegan desde Dallas, Texas. “Canciones como Bodies son particularmente interesantes. Los soldados la escuchan para motivarse y también para irritar y debilitar a los prisioneros, que preferirían escuchar ‘N Sync o Michael Jackson”, explica Pieslak.

Pieslak explica la música y la música cuenta la guerra. En el cuarto capítulo del libro Music as a Psychological Tactic, Pieslak examina la batalla de sonidos entre las tropas norteamericanas, con Welcome to the Jungle de los Guns N’ Roses o Hell’s Bells de AC/DC -, y la música iraquí con el himno Allahu Akbar (Dios es grande) ya popular desde 1956 durante la Guerra del Canal de Suez.

La guerra también es entre música estadounidense y árabe. “Platón pensaba que las diferentes escalas musicales tenían efectos diversos en el hombre. Todavía tendemos a pensar que la música es una delicia para los sentidos, que eleva el espíritu. Es una bellísima idea, pero ésas son sólo algunas de sus propiedades”, sentencia Pieslak.

Una vez que vuelven a casa y retoman los hábitos civiles, los soldados cambian sus playlist. Las canciones vuelven atrás en el tiempo, tienen el poder de revivir momentos bellos, menos bellos y también aquellos más siniestros. Es la otra cara de la luna.

Lo más interesante del libro de Pieslak no es saber qué escuchan los soldados, sino las palabras que ellos utilizan para describir el poder de la música. Alguno incluso señaló que las canciones llegan a “transformarnos en monstruos, en seres inhumanos”. El argumento es interesante desde el punto de vista psicológico, ético y también neurológico.

En su estudio el autor intentó responder qué fenómeno les sucede a un grupo de personas obligadas a una situación estresante con cierto tipo de música y con algunas canciones en particular. “Los soldados ponen en su iPod nano en sus chalecos militares y ya están listos”, escribe Pieslak. “Cada uno tiene su playlist personal, cada uno intenta traspasar sus propios límites, los uniformidad es sólo un tema de vestuario que no se aplica a los gustos musicales. La diferencia, al fin de cuentas, se escucha en los auriculares“.

“No conocía ni siquiera la existencia de la música country antes de unirme al ejército”, señaló en la investigación el sargento Colby Buzzell, en Irak, desde 2003. Buzzell se encontró más de una vez limpiando su fusil mientras escuchaba The Cure o The Smith y los Slayers antes de salir a cada misión. El jazz, en cambio, le servía al sargento Ronald Botelho para dormir. “El problema aparece cuando nos equivocamos de música. En el auto sólo hay radio y es lo que escuchamos. Una vez tuvimos que soportar por tres horas las canciones navideñas de Alvin Superstar mientras que estábamos en Samarra poniendo nuestra vida en peligro”, testimonia Botelho. La guerra prefiere el rap, nacido entre disparos y calles urbanas, adora el heavy metal y venera el death metal. La música motiva y hoy también dispara.

Revista Eñe

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